Héroes. Todos llevamos uno dentro.

John Pendlebury
John Pendlebury, héroe de la batalla de Creta.

Hace tiempo que hay oyentes y amigos que me dicen que tendría que hacer un poco de nudismo emprendedor, hablar de cómo hago yo las cosas, trucos, secretos, facturación clientes… Y tal vez algún día lo haga, aunque no sé qué interés podría tener si solo soy un emprendedor rural, que conversa con emprendedores rurales y que disfruta contando historias.

Así que os voy a regalar algo mucho mejor. La historia de un hombre que cambió absolutamente mi forma de ver a los seres humanos, mi forma de ver las cosas que hacen de nosotros, de cada persona, un individuo único y excepcional; la capacidad de superación que tenemos TODOS y cada uno de nosotros cuando tenemos claros nuestros objetivos.

Porque emprender, ya sea emprender en el pueblo, en la ciudad o en cualquier lugar, no importa. Montar negocios, nos obliga a adoptar tácticas y costumbres que nos permitan sacar el máximo rendimiento posible a aquello de lo que nos ha dotado la naturaleza, a los medios de que disponemos. Cada vez es más habitual que terminemos hablando de hábitos, gestión del tiempo, de cómo rendir más, cómo tener nuestro cuerpo a punto para soportar jornadas maratonianas cuando la tarea lo exige. Y es que algunos de los grandes emprendedores de nuestro país, que están triunfando bajo el radar viven y planifican como auténticos deportistas de élite. Por eso hoy quiero que conozcáis a Pendlebury, Satanás, El Payaso, el Tío Petrakas y el resto de guerrilleros y luchadores que llevaron su cuerpo y su mente más allá de lo humanamente posible, porque tal vez alguna de sus recetas te sirvan.

PERSONAS NORMALES CONVERTIDAS EN HÉROES

Todos hemos escuchado alguna vez historias acerca de comportamientos heróicos de personas normales. Y no siempre eran personas especiales antes de aquello, simplemente algo sacó esas capacidades del letargo y dieron de sí el máximo en un momento concreto. Posiblemente, si nunca se hubieran visto en la situación, nunca habrían sabido de qué eran capaces.

Te pido que pongas tu mente en una de esas calles estadounidenses, en un cruce de cuatro calles con 4 carriles cada una. Un coche lleva cientos de metros haciendo eses, metiéndose por el carril contrario, no demasiado rápido pero poniendo en serio peligros a conductores y peatones. La mayoría de nosotros, igual que la mayoría de quienes se cruzaron con aquel vehículo, simplemente tocaríamos el claxon, soltaríamos alguna maldición sobre el conductor y esperaríamos a que pasara el peligro. Afortunadamente una persona, Randy Tompkins, de 39 años, se dio cuenta de que algo no iba bien. Paró su coche, salió de él, fue corriendo al encuentro del vehículo infractor, se metió dentro de un salto a través de la ventanilla abierta y consiguió detener el vehículo y salvar la vida del conductor, a quien le estaba dando un ataque al corazón.

Nacidos para ser héroes

Christopher McDougall es un autor estadounidense al que leí por primera vez hace cosa de 10 años con su libro “Nacidos para correr”. En este libro, McDougall, escribía sobre una tribu mejicana, los tarahumara, que sin un entrenamiento específico, simplemente gracias a su estilo de vida, frugal, diríamos que casi de subsistencia, son capaces de derrotar a grandes atletas de la élite mundial del ultrafondo en pruebas más allá de los 100 kilómetros de distancia corriendo a pie. Quedó impactado por la capacidad innata de aquellas personas, les dedicó su libro y saltó a la fama. El impacto le llevó a seguir investigando acerca de otras grandes gestas de la historia de la carrera a pie e investigando acerca del hemeródromo griego Filípides, de quien siempre se ha dicho que corrió 42 kilómetros para salvar a su pueblo, aunque es mentira, porque lo que realmente recorrió fueron más de 240. La historia, veis, llegó a nuestros días de una manera algo más mediocre. Bien, decía que McDougall, interesándose por la historia de Filípides tuvo noticias acerca de unos héroes más recientes, entre los que se encontraba el culpable de que el capítulo de hoy haya adoptado este formato dedicado al héroe que todos llevamos dentro.

Si no vas conduciendo te pido que cierres los ojos porque nos vamos a la isla griega de Creta y necesito de tu imaginación. Creta es un pedrusco de generosas dimensiones situado en el mar Mediterráneo oriental, en el extremo sur del mar Egeo y no muy distante del litoral de Egipto. Es la quinta isla en tamaño del Mediterráneo. Es la cuna de la cultura minóica, una de las civilizaciones más antiguas de las que se tiene conocimiento en Europa.

La isla de Creta como escenario

Contra lo que pudiera parecer se trata de una isla pedregosa, escarpada y con unas enormes montañas prácticamente 2500 metros de altitud. La vida allí nunca ha sido sencilla, es imposible cultivar grandes extensiones, que no existen, en la que el pastoreo por el interior de la isla ha sido el encargado de dar de comer a unos campesinos endurecidos por su propio estilo de vida. Se trata de una isla de unos 250 kilómetros de largo por entre 12 y 56 kilómetros de ancho que por sus características es casi inexpugnable para los enemigos, aunque una vez dentro no puedes escapar a ningún sitio. ¿O sí se puede?

Nuestro héroe John Pendlebury

John Pendlebury nació el 12 de octubre de 1904, era hijo de un cirujano y su madre, Lilian Devitt, era la hija de un magnate naviero. La pérdida de un ojo a los dos años de edad marcó su rostro, pero no le impidió destacar como estudiante ávido de conocimiento acerca de egipto y el mundo clásico. También destacó como atleta, llegando a batir un récord de salto de altura con 50 años de antigüedad en su categoría. En la universidad se hizo amigo de dos futuros campeones olímpicos: los protagonistas de Carros de Fuego Harold Abrahams y Lord Burghley. Pronto, como arqueólogo, empezó a viajar a Grecia y Egipto. Fue tan buen arqueólogo que llegó a dirigir las excavaciones de Tell El Amarna en Egipto y Knossos, precisamente en Creta, donde hemos aterrizado juntos hace un momento y donde nos vamos a quedar con nuestro futuro héroe John Pendlebury.

John Pendlebury, educado en Cambridge, arqueólogo experto en egipto, en Grecia y campeón en atletismo fue llamado por su país en 1940. No para dirigir una cátedra universitaria, como le había sugerido su padre, ni como director del museo egipcio de El Cairo, como le habían ofrecido. En Londres sabían bien acerca de sus conocimientos sobre Creta y los cretenses y que tarde o temprano los nazis tratarían de tomar la isla. Pendlebury fue llamado a su país para recibir formación militar y un encargo muy especial: organizar la resistencia cretense contra los nazis. Y ahí, con sus antiguos compañeros de las prospecciones y las excavaciones arqueológicas fue como comenzaron a convertirse en héroes.

Un inciso: Arqueología, excavaciones, nazis, aventuras… Tal vez os recuerde a alguna película, aunque nuestro héroe de hoy nunca ha sido el favorito como inspirador de Indiana Jones. Pero ese es otro asunto.

Es 1940 y Pendlebury regresa a Creta. Resulta que nuestro hombre, durante su estancia en Creta como arqueólogo estableció estrechos lazos con los cretenses. Aprendió a hablar su dialecto, se vestía como ellos, comía lo mismo que ellos y se movía a pie, durante extenuantes jornadas por toda la isla, que conocía palmo a palmo. Cuentan que cuando salía de expedición a las montañas solía dejar su ojo de cristal encima del escritorio. Contactos, conocimiento, austeridad, ejercicio físico. Tal era su conocimiento de la isla que, convencido de que los nazis atacarían tarde o temprano Creta, fue tejiendo una red que se convertiría en la futura resistencia. Tampoco es que tuviera que enseñar a luchar a los cretenses: los jefes de los clanes cretenses, conocidos como Kapetianos ya habían luchado contra los otomanos y estuvieron encantados de formar junto al inglés cuantas unidades de guerrilleros, andartes en griego, fueron necesarias. Pendlebury los coordinaba a través de líderes que parecían sacados de una película de bucaneros. Pero estos eran de verdad. Para que os hagáis una idea, uno de los líderes locales, Antonis Grigorakis, era más conocido como Satanás. Y no penséis que por sus escaramuzas o falta de piedad con el enemigo, tareas en las que también hizo honor a su apodo. De hecho el apodo, Satanás, venía del día de su bautizo cuando tiró de las barbas del pope que le impartía el sacramento, con bastante fuerza, según su leyenda. Para que os hagáis una idea de cómo eran los amigos de Pendlebury y más en concreto Antonis Grigorakis, alias Satanás, a quien no le cabía una bala más en el cuerpo. Este Satanás, era un gran amante de la bebida, como casi todos aquellos montañeses curtidos en las rocas cretenses, pero también le gustaba mucho el juego, algo que le acarreaba problemas. Se había prometido no jugar más y un día faltó a su promesa, a lo que reaccionó cortándose el dedo índice de la mano derecha, para no poder tirar más los dados.

Los cretenses, fieros guerrilleros.

Los nazis no fueron la primera fuerza del Eje que se enfrentó a los cretenses. La Italia de Mussolini intentó someter a Grecia, algo que no sentó bien a Hitler, que no confiaba mucho en el Duce. Mussolini afirmó a Hitler que en diciembre toda Grecia sería suya y, aunque empezaron bien, pasó algo que no esperaban. Los griegos se replegaron a sus montañas y Creta envió al continente a su quinta división. Allí, en medio de las montañas, vestidos como pastores, con viejos fusiles al hombro, los creteneses, que no necesitaban provisiones ni grandes medios, pues cogían lo que necesitaban de la tierra, fueron masacrando a los italianos en diversas escaramuzas. Convirtieron aquel paseo triunfal de los italianos en un baño de sangre. Apoyados en los huidos, los cretenses actuaban de noche, a cuchillo, entre peñascos y acantilados. Comían de lo que ofrecía el terreno, se movían ágiles y silenciosos y llegaron a derrotar a unidades del ejército italiano que multiplicaban su número por 10.

Conocían el terreno, comían de la tierra, sin grandes medios, con imaginación y mucho valor.

En pleno invierno, con los griegos comandados por la división cretense, sin suministros, lo que terminó pasando fue que los italianos tuvieron que retroceder a Albania. Hitler no cometió el mismo error y esperó a la primavera para atacar a unos griegos ya muy debilitados por el invierno más duro en 50 años y al final conquistó la Grecia continental. Se cuenta que cuando las guarniciones griegas se quedaban sin munición los soldados alemanes les aplaudían en pie por su valor. No es de extrañar que Hitler tuviera pesadillas con los cretenses y por eso dejó su isla para el final. ¿Pero creéis que le resultó sencillo? Hitler tenía un dilema con los cretenses, a los que había visto en acción. Si enviaba una gran fuerza le faltarían efectivos para marchar sobre Rusia, si se quedaba corto sabía que esos montañeses pastores de cabras le darían más de un disgusto.

Método de ataque inesperado

Nuestro hombre John Pendlebury tenía claro que el ataque vendría por el aire. Conocía a los alemanes y conocía la isla. Sin embargo el mando británico estaba convencido de que llegarían por mar y tratarían de tomar Creta desde las costas. El 27 de abril de 1941 Adolf Hitler ordenó invadir la isla de Creta. Comenzaba la Operación Mercurio, la primera de la historia que se llevó a cabo exclusivamente desde el aire, sin apoyo desde tierra. Y es que Creta, con sus costas escarpadas, albergaba en ese momento a 27000 soldados británicos y a 14000 griegos y sin embargo carecían de medios efectivos. Los griegos habían vuelto con lo puesto de la Grecia continental y los medios materiales de los británicos apenas funcionaban. Para que os hagáis una idea, de los 26 aviones con los que contaban los británicos en la isla, 13 no eran capaces de volar. Hay un relato muy gráfico en el libro Nacidos para ser héroes que habla del 20 de mayo de 1941, cuando el coronel Kippenberger cogió su plato de gachas y salió a disfrutar del sol. Cuando empezaba a comer notó que el cielo se oscurecía, algo que le extrañó pues no recordaba haber visto ninguna nube. Cuando alzó la cabeza se encontró con cientos de planeadores alemanes, tantos que oscurecían el cielo. De ellos empezaron a saltar paracaidistas. Quiso echar mano de su fusil pero lo había dejado en su habitación. Para cuando lo tuvo en las manos ya había alemanes en tierra, estaban por todas partes.

Sin embargo Pendlebury estaba prevenido con sus kapetianos y sus andartes. Cuando el cielo se llenó de alemanes empezaron a abrir fuego y, lo que tenía que ser una rendición de la isla en horas se prolongó durante ocho días. Cuando Kippenberger miró desde su posición a la primera unidad alemana en tomar tierra se dio cuenta de que iban en dirección contraria, huyendo entre alaridos. Ahí les estaba esperando el 8º regimiento griego. Apenas tenían fusiles y munición pero se quedaban con los fusiles y las balas de los paracaidistas a los que iban derribando. Cuando empezaron a ser superados en número una turba de mujeres, niños y ancianos corrieron en su apoyo. El párroco hizo sonar las campanas y todo el pueblo salió a defender la posición. Hitler no entendía cómo era posible haber marchado sobre Francia en tan solo 5 días y Creta había costado dos semanas. Aquel intento de invasión rápida fue un fracaso para Alemania, pues perdieron más de 350 aviones y entre 4000 y 6500 hombres, más que en toda la campaña de los Balcanes. Gracias a la red tejida por Pendlebury, Hitler no quiso repetir la experiencia y esa fue la última vez que se llevó a cabo un intento de conquista exclusivamente por el aire. John Pendlebury, un hombre de libros y piedras había hecho historia en la defensa de Creta. En tres noches los británicos retiraron a más de 14000 hombres a Egipto, algo que también quedó para la historia militar y de la logística.

La isla fue ocupada por los nazis en menos de dos semanas pero seguro que intuyes que la cosa no terminó ahí.

De pastor de cabras a héroe de leyenda

El mismo día del ataque aleman George Psychoundakis, pastor de cabras contaba con 20 años de edad. Era un hombre normal para su edad, pastor de cabras desde niño, ni alto ni fuerte, aunque era un enamorado de las letras y le gustaba escribir poemas durante sus largas jornadas por la montaña junto a su rebaño. Aquella mañana comenzó a oír un zumbido extraño y, cuando miró al cielo vio aquel enjambre de aviones y paracaidistas alemanes precipitándose sobre su isla. No había visto ni imaginado nunca nada parecido, de hecho Creta se había librado hasta entonces de los horrores de las guerras europeas. El único recuerdo acerca de guerras que tebía Psychoundakis procedía de las historias que le habían contado de la resistencia de la isla contra los otomanos en 1898, 22 años antes de su nacimiento.

Este hombre normal, ni muy alto ni rápido ni fuerte, en aquella pradera junto a su rebaño, tenía dos opciones ante sí: la primera, la que habían tomado nueve ejércitos de nueve países hasta aquel momento: levantar las manos y rendirse sin oponer demasiada resistencia o, la que estaban tomando su madre, su abuela, sus tías, sus vecinas y sus compatriotar de la quinta división: coger de casa sus hachas, cuchillos y antiguos rifles de caza y salir a combatir al ejército más feroz, probablemente, de la historia moderna de la humanidad. Personas normales haciendo cosas extraordinarias.

Con la ocupación nazi, el pobre pastor de cabras de 20 años con inclinaciones poéticas George Psychoundakis se puso a las órdenes de uno de los kapetianos más recordados, el Tio Petrakas y sus feroces andartes. Y así, este hombre normal, que unos minutos antes escribía poemas mientras pastaba su rebaño se convirtió en leyenda. La leyenda de El Payaso, el corredor cretense.

El payaso cogió las armas, se marchó a las tierras en las que nadie sería capaz de resistir y comenzó su lucha. Se convirtió en correo de la resistencia, entroncando con la más legendaria tradición griega. Según los soldados británicos que quedaron en la isla y vivieron para contarlo aquel hombre menudo, también conocido como el Cambiante, salía de noche con una sopa de heno en el cuerpo desde Kissamos, recorría los 43 kilómetros que separaban este pueblo costero de Palaiochora, entregaba su mensaje, se tomaba un trago de aguardiente y regresaba al punto de salida, como un fantasma entre las sombras, completando casi cada noche distancias que a menudo superaban los 80 kilómetros. Recuerda que, a base de sopa de heno, algún caracol, aguardiente y algo de agua. Y así es como se convirtió en un héroe. George Psychoundakis pasó así 4 años de su vida. Sí, habéis escuchado bien. Cuatro años. Desde la llegada de los alemanes hasta su derrota en 1945. Porque Creta cayó oficialmente, los británicos se rindieron y se marcharon pero los héroes cretenses nunca dejaron de luchar. Es muy conocida en su biografía la vez que pidió ayuda a un soldado alemán para hacer andar a un burro que transportaba un emisor de radio para la resistencia en sus alforjas. ¿Quién podía imaginar que aquel hombre arapiento, menudo y con cara de no saber nada era un héroe? Por cierto, paradojas de la vida, tras la liberación en 1945 y pese a su comportamiento heróico George Psychoundakis pasó 16 meses en prisión, tenido como un desertor, pues luchó sin uniforme y entre las sombras, haciéndose pasar por tonto muchas veces ante los soldados alemanes. Aunque ya sabes que de tonto no tenía un pelo te diré que tradujo del griego antiguo al dialecto cretense la Odisea y la Ilíada de Homero. Como detalle final acerca de George Psychoundakis te cuento que falleció en su querida isla el 29 de enero de 2006. Puedes saber más acerca de la vida de este héroe gracias a su libro The Cretan Runner.

El viaje del héroe

Existe otro libro titulado “El viaje del héroe”, de Joseph Campbell, que divide la vida de un héroe en doce etapas. No te las voy a contar todas, porque da para varios capítulos, pero te diré que en la vida de todo héroe o heroína hay doce etapas, de muy distinta duración. La primera es la vida ordinaria; la segunda es la llamada a la aventura, un hecho que obliga a ponerse en marcha, no es necesario que los nazis invadan tu isla; la tercera es el rechazo de la llamada, que podemos atribuir a las dudas o miedos que todos tenemos; la cuarta es el encuentro con el mentor, porque todos necesitamos alguna guía para actuar; en la quinta etapa el héroe atraviesa el umbral y comienza a actuar. La buena noticia es que todos, vosotros y yo podemos desarrollar el camino del héroe. No importa cuánto tiempo hayamos dedicado a la vida ordinaria ni en qué momento se produzca la llamada a la aventura, lo importante es lo que seamos capaces de hacer a partir de entonces y por eso hoy quería contarte esta historia.

Por cierto, a lo mejor te preguntas qué sucedió con John Pendlebury. Nos habíamos quedado con él repartiendo machetazos, mandobles y tiros el 21 de mayo de 1941. El arqueólogo Ángel Carlos Pérez Aguayo cuenta que Pendlebury y Satanás estaban encargados de la defensa de la llamada Puerta de La Canea, que vendieron cara su piel y que se fueron replegando para seguir la lucha dentro de los muros de la ciudad de Heraklion. Se dice que dando la ciudad por perdida se dirigió a la base guerrillera de Krousonas para reagrupar a la resistencia y que ahí fue tiroteado. Le refugiaron malherido en una casa, postrado en la cama y vestido como un cretense fue descubierto por comandos alemanes que, aprovechando que no llevaba el uniforme británico para ser considerado prisionero de guerra, le fusilaron en la puerta de aquella casa. Se dice que fue enterrado cerca de la Puerta de La Canea, a donde los lugareños le llevaban flores continuamente y que fue desenterrado al poco tiempo para comprobar si verdaderamente era él quien estaba allí. Ya entra en el ámbito de la leyenda el hecho de que Hitler no se quedó tranquilo hasta que recibió su ojo de cristal en su mesa como trofeo.

Emprender en el pueblo, como cualquier proyecto vital necesita conocimiento, empuje y una disposición a pagar el peaje que no todo el mundo está dispuesto a sacar. El trofeo merecerá la pena, pero todo en la vida tiene un precio. Si aun así estás dispuesta o dispuesto al sacrifico, cuenta con nosotros.

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